Yo daría todos mis libros (que no son tantos)
por leerte otra vez sin la prisa del tiempo,
por volver a entenderte no con los ojos, sino con esa forma de lectura que tiene el silencio cuando ama.
En cada beso había una sintaxis secreta, una gramática que el cuerpo comprendía mejor que la mente.
Nos dimos frases sin sujeto, verbos que solo tenían piel, y un puñado de puntos suspensivos donde cabía el infinito.
Hoy sé que nuestros besos eran metáforas del tiempo,
instantes que fingían eternidad mientras se deshacían como tinta en agua.
Si pudiera, pondría menos paréntesis a lo vivido,
y dejaría que el alma hablara con su torpeza,
sin corregirla, sin buscar el ritmo perfecto de la emoción.
Porque los recuerdos, como los poemas mal escritos,
se vuelven más verdaderos cuanto más imperfectos son.
Se perfectamente que no te amé, sino que amé la lectura que hice de ti en mí.
Tu cuerpo es gran texto, y yo soy un lector sin método.
subrayé tus gestos, interpreté tus pausas, imaginé significados donde solo había respiración.
Leerte fue descubrir que el alma también tiene erratas,
y que el amor no se traduce, cuando se escribe en letra cursiva.
Hay en mí uno que aún te busca, otro que lo observa,
y otro que en silencio anota el fracaso de ambos.
Entre los tres formamos un coro de sombras que repite tu nombre
como si fuera una pregunta sin respuesta.
He llegado a sospechar que el verdadero amor es un espejismo.
Y que cuanto más lo pensamos, menos real se vuelve.
El verbo amar me resulta impreciso desde que lo pronuncié contigo.
Quizás amar sea solo un modo de recordar con el cuerpo,
o de engañar al alma con la ilusión de que no está sola.
A veces siento que te inventé para justificar mi tristeza.
O peor aún: que tú me soñaste para poder desaparecer con una excusa.
Nuestra historia, si es puede llamarse historia a este terremoto de emociones y sonrisas,
se ha vuelto un monólogo sin oyente,
una voz que insiste en pronunciarse aunque ya no tenga a quién dirigirse.
Hablar de ti es seguir escribiendo sobre mí,
y escribir sobre mí es confesar que ya no sé quién habla.
Tal vez eso sea el amor,
la imposibilidad de saber quién de los dos sigue existiendo en el recuerdo del otro.
Quizás el alma no pierde lo que ama ya que lo absorbe… mientras descubro que no te he perdido porque me has escrito.