Sedimentos

El sol me adormece,
como en las tardes de mi infancia,
cuando el tiempo
jugaba a escondidas
y nos sonreía
a nuestro encuentro
al final de la tarde.

El abrazo de las piedras,
las calles azotadas
por pies secos de los transeúntes,
el olor del aleteo
de las gaviotas en el aire,
la mirada que me espera
mientras se derrite
en el espejo.

Se apaga el brillo
de los ojos ya cansados
y la esperanza
de una vida no vivida.

¿Qué queda entonces?
El honor ajeno,
y resistir
mientras las razones sobran;
la infidelidad del padre
que castiga
y maldice sin corazón
por pecados propios.

La maldición de Cam
aún no termina,
define y marca
la historia del oprimido.

La mirada se consuela
con el suspiro
de un mundo
que debe morir
para ser reescrito.

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