Con tus caricias,
la fuente de mis suspiros y escapes,
el tormento de enfrentarme
al imperativo pensamiento,
a mis pesadillas de infancia,
al viento que te trae inadvertida
hasta mis brazos.
El camino cambia,
pero el destino
sigue siendo el mismo.
Ahora se han ido,
inexorables,
las lágrimas de la primavera,
los latigazos del drama,
el hombre que busca calor en el espacio,
tu mirada convincente,
los libros de autoayuda,
las mañanas que queman el alma,
el olor de un futuro cierto.
Tus labios sobre los míos
hacen valer la pena
el pájaro que vuela a casa,
el frío que resuena en tus huesos,
y la carne que arde
ante la luna en vela.
No existe castigo mayor
que vivir en tu ausencia,
una vida tras otra,
a la espera de un amor que no llega,
pero que avanza,
innegociablemente,
del cénit de tus ojos
hacia el horizonte,
donde el sol
y los recuerdos
se abrazan infinitamente.