No quiero que nos perdamos por el miedo o la prisa,
pero tampoco quiero que nos inventemos un camino que no nos pertenece.
He aprendido a fuerza de ruinas que no se fuerza la flor para que abra,
ni se ataja el río para que llegue antes al mar.
Yo no sé vivir despacio, y tú no sabes vivir deprisa.
Esa es nuestra distancia:
la mía hecha de ansias,
la tuya hecha de espera.
Por eso, antes que acercarme demasiado y romper algo que no sé sostener,
prefiero quedarme donde el corazón no se asfixia:
en el lugar tranquilo que la amistad ofrece.
No como una renuncia, sino como un cuidado.
Un pacto silencioso para permanecer,
sin exigirle al tiempo lo que solo el tiempo sabe dar.
Que sea amistad, entonces.
Pero una amistad que no sea refugio pobre,
sino esa forma rara de amor
que no necesita llamarse así para tener su verdad.
No sé si te quiero como se quiere a alguien.
Quizá te quiero como se guarda un libro sin leer:
por el presentimiento de lo que puede decirme algún día.
Temo a mi propia urgencia.
La he visto arruinar cosas que pedían calma.
Y tú eres calma.
Demasiado valiosa para que mis manos impacientes la desgasten.
Entre nosotros hay un puente,
pero mis pasos corren y los tuyos miden la distancia.
En el medio, el vacío.
Un vacío que no es malo:
es espacio para que no nos golpeemos al cruzar.
Por eso pienso que lo más honesto es llamarlo amistad.
Pero no una amistad de paso.
No la cortesía de quien ya se despide.
Sino un lugar donde quedarnos.
Sin el peso de las promesas,
pero con la fuerza de no desaparecer.
Quiero verte como se mira un faro desde la orilla:
sabiendo que no me pertenece,
pero agradeciendo que exista.