El tiempo es, quizá,
la invención más astuta del hombre:
una regla invisible
con la que mide su capital
y, si es lo bastante curioso,
la pobreza infinita
que lo habita.
Pero el problema
no es el tiempo,
sino la incapacidad
de vivir lo único
que verdaderamente poseemos:
este instante.
Podríamos imaginar
—como consuelo metafísico—
que somos seres
para quienes el tiempo no existe,
capaces de ver en una persona
la totalidad de su forma,
desde el primer aliento
hasta el último.
Pero en este universo concreto
el pasado y el futuro
son abstracciones
que la razón apenas roza.
Y aun así,
vivimos más allá de nosotros mismos,
buscando en lo que no está
una promesa de felicidad,
creyendo que la vida
ocurre en otra parte,
en una versión futura
de lo que nunca llega.
Ignoramos que aprender a vivir
no exige huir,
sino aceptar
la realidad más simple
y más incómoda:
somos este cuerpo inestable,
este pulso que duda,
esta materia que siente.
Y al observarlo sin metáforas,
al escucharlo sin miedo,
no nos volvemos eternos
ni sabios,
pero quizá —solo quizá—
un poco más reales,
y por eso
un poco más vivos.