Hoy puedo ver tus ojos
inocentes y fugaces,
llamando en la oscuridad del infinito
a mi piel,
que se guía con la tuya
en el camino sombrío de la ausencia,
donde las piedras caen
frente al mar del olvido.
Solo existe aquel corazón
que arde
y funde dudas inertes
mientras respiramos,
mientras la luna
de un otoño creciente
llama a las olas
de la locura noctámbula
y sombría.
Afuera de tu cuerpo
las palabras son áridas,
el silencio reina
sobre el olvido.
Despierto de tus abrazos,
que, afortunados e impacientes,
llenan de calor mi alma
mientras morimos.
Tus labios acogieron
mis noches sucesivas y espectrales,
al son de los ronquidos
de una ciudad que dormía,
bajo la lluvia y los truenos
que acogían
a las almas vagabundas,
dando testimonio
de nuestra fugaz
y afortunada vida.
¿Y ahora?
¿Quién podrá salvarnos
de la ausencia
que estampó en mi mirada
tu mirada inefable?
Querida mía,
tu recuerdo quedará sembrado
como olor a cerezo
que se impregna en mi camino.
Y así, sin quererlo,
nos quemamos muchas veces,
hasta que las cenizas
dejaran pintadas en el lienzo
el recuerdo
de una vida
que valió la pena.