Constancia

El sol arde de furia
y hace que el viento se esconda.

Sé de tu existencia,
de tu aroma en mi pecho,
como sé de la existencia del viento:
invisible, pero tangible;
indefinido, pero vital.

He vivido mil vidas,
y en cada una de ellas
he buscado tu rastro.
He amado sombras que se desvanecen,
he abrazado espejismos
que me prometieron tu voz.

Pero al final del día,
al borde de cada abismo,
siempre eres tú:
la figura inamovible,
la sombra que no desaparece.

Espero,
con la paciencia
de quien ha visto mil amaneceres,
con la calma
de quien ha aprendido
que el verdadero amor no tiene prisa,
que la espera no es en vano
cuando, al final del horizonte,
al doblar la última esquina,
tu sonrisa me espera,
como un faro en la tormenta,
como una verdad irrefutable.

Si estamos juntos,
disfruto cada momento.
Si estás lejos,
te pienso con ternura,
sin tristeza,
sin amargura,
porque el amor que siento
no conoce distancias,
no teme a las ausencias.

Y así,
en esta libertad compartida,
nuestros corazones laten al unísono,
sin importar dónde estés,
sin importar quién esté a tu lado,
porque el amor verdadero es libre,
y es en la libertad
donde encuentro tu sonrisa.

En la vastedad del tiempo,
donde los días se pliegan sobre sí mismos,
yo te espero,
pero no como quien ansía,
sino como el árbol
que sabe
que la primavera vuelve,
sin apuro.

Te amo sin condiciones,
sin pedir nada a cambio.
No hay cadenas en mi amor,
no hay anclas que nos aten.
Te amo libremente,
como el viento que acaricia las hojas,
como el río
que fluye
sin esperar retorno.

Te espero,
como se espera al sol
en el amanecer,
con la certeza de su regreso,
sin prisa,
sin desesperación,
porque sé que volverás.
Y si no es en esta vida,
será en otra,
pero siempre
volverás.

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