Cada año que pasa no es más que un año que se pierde.
No lo guardo, no lo vivo: simplemente sucede.
El tiempo no avanza hacia ningún lugar y se disuelve.
Los días caen en un pozo sin memoria,
y lo que llamamos vida no es más que un rumor entre dos silencios.
Las casas se llenan de cosas inútiles,
como si la acumulación pudiera engañar al vacío.
Todo lo que poseemos será de otros, o de nadie.
Todo lo que amamos será olvidado.
Ni la gloria, ni el lujo, ni siquiera la ternura dejan huella más allá de nosotros mismos.
Somos polvo consciente de ser polvo.
Y sin embargo…
(Porque siempre hay un sin embargo)
…queda lo mínimo. El ahora.
La hierba fría entre los dedos,
que no significa nada y por eso lo significa todo.
La risa involuntaria que nos arranca la caída,
como si el cuerpo recordara lo que la mente se niega a aceptar.
Una sonrisa que dura lo que dura el gesto, y después ya no existe.
Eso es todo. Y quizá sea demasiado pretender que baste.
Hoy cumplí cuarenta años, y lo único que sé decir es lo que nunca supe: vive.
No porque haya un sentido, sino porque no lo hay.
No porque el futuro prometa algo, sino porque ya está perdido.
Vive este día como si fuera el único, porque lo es.
Y si algo permanece, será apenas la claridad breve del instante antes de que se apague.