Despierto

Despierto

si es que despertar no es apenas continuar una vigilia antigua

y dejo que la luz, ese visitante sin nombre,

entre en mi cuarto como quien entra en la memoria de otro.

No sé si existo,

si lo que miro es el temblor de unos fotones cansados

o el vacío fingiendo ser mundo para no sentirse solo.

El día se tiñe de un amarillo dócil,

y los rostros que pasan por la calle, sonrientes,

parecen creer que el sol amaneció para ellos,

como si la infancia —ese pequeño dios doméstico—

fuera un talismán que impide olvidar quién se es.

Cada cual guarda un frasco sellado donde cree tener viento,

y a ese autoengaño le llaman vida,

que no es sino el juego de un niño cósmico

inventando historias para protegerse del silencio.

Alguien, sin embargo, narra esta fábula desde dentro:

una conciencia suspendida, casi táctil, casi cierta,

que se aferra a las sensaciones como quien proba el límite de lo real.

Y el hambre miente con exactitud,

igual que tu cabello entre mis manos,

tan vívido que desborda la verdad del mundo externo.

Cierras los ojos,

y la sombra que nace en el alma guía más que cualquier estrella,

porque la luz, al fin, es un acuerdo entre átomos,

y solo existe si hay quien la toque.

Yo, en la ventana, con el té casi frío entre los dedos,

me dejo caer hacia dentro

y allí descubro un tropel de seres interiores,

cabellos salvajes tirando del coche de mi destino

en direcciones contradictorias.

Yo los miro. Y por mirarlos, soy.

Así decido abrazar la incoherencia —mi única fidelidad posible—

y junto a ella derribo castillos de arena

antes de que endurezcan en piedra,

y después castillos de piedra antes de que envejezcan en mito,

en una tarea infinita que es mi modo de existir.

¿Quién soy?

Nadie —porque en mi sustancia cabe todo.

No logro ser cambio,

pues cuando todo cambia,

el mundo finge eternidad.

No logro ser proceso,

porque el día de hoy no sobrevivirá a mañana.

Soy apenas el intervalo entre dos pensamientos,

el eco de un yo que nunca termina de nacer.

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