Notas para nadie

Aquí no hay respuestas. Solo palabras que llegan antes que la razón, fragmentos de algo que quiso decirse y se quedó vibrando en el lenguaje.

Despierto

Despierto

si es que despertar no es apenas continuar una vigilia antigua

y dejo que la luz, ese visitante sin nombre,

entre en mi cuarto como quien entra en la memoria de otro.

No sé si existo,

si lo que miro es el temblor de unos fotones cansados

o el vacío fingiendo ser mundo para no sentirse solo.

El día se tiñe de un amarillo dócil,

y los rostros que pasan por la calle, sonrientes,

parecen creer que el sol amaneció para ellos,

como si la infancia —ese pequeño dios doméstico—

fuera un talismán que impide olvidar quién se es.

Cada cual guarda un frasco sellado donde cree tener viento,

y a ese autoengaño le llaman vida,

que no es sino el juego de un niño cósmico

inventando historias para protegerse del silencio.

Alguien, sin embargo, narra esta fábula desde dentro:

una conciencia suspendida, casi táctil, casi cierta,

que se aferra a las sensaciones como quien proba el límite de lo real.

Y el hambre miente con exactitud,

igual que tu cabello entre mis manos,

tan vívido que desborda la verdad del mundo externo.

Cierras los ojos,

y la sombra que nace en el alma guía más que cualquier estrella,

porque la luz, al fin, es un acuerdo entre átomos,

y solo existe si hay quien la toque.

Yo, en la ventana, con el té casi frío entre los dedos,

me dejo caer hacia dentro

y allí descubro un tropel de seres interiores,

cabellos salvajes tirando del coche de mi destino

en direcciones contradictorias.

Yo los miro. Y por mirarlos, soy.

Así decido abrazar la incoherencia —mi única fidelidad posible—

y junto a ella derribo castillos de arena

antes de que endurezcan en piedra,

y después castillos de piedra antes de que envejezcan en mito,

en una tarea infinita que es mi modo de existir.

¿Quién soy?

Nadie —porque en mi sustancia cabe todo.

No logro ser cambio,

pues cuando todo cambia,

el mundo finge eternidad.

No logro ser proceso,

porque el día de hoy no sobrevivirá a mañana.

Soy apenas el intervalo entre dos pensamientos,

el eco de un yo que nunca termina de nacer.

Yo daría todos mis libros

Yo daría todos mis libros (que no son tantos)

por leerte otra vez sin la prisa del tiempo,

por volver a entenderte no con los ojos, sino con esa forma de lectura que tiene el silencio cuando ama.

En cada beso había una sintaxis secreta, una gramática que el cuerpo comprendía mejor que la mente.

Nos dimos frases sin sujeto, verbos que solo tenían piel, y un puñado de puntos suspensivos donde cabía el infinito.

Hoy sé que nuestros besos eran metáforas del tiempo,

instantes que fingían eternidad mientras se deshacían como tinta en agua.

Si pudiera, pondría menos paréntesis a lo vivido,

y dejaría que el alma hablara con su torpeza,

sin corregirla, sin buscar el ritmo perfecto de la emoción.

Porque los recuerdos, como los poemas mal escritos,

se vuelven más verdaderos cuanto más imperfectos son.

Se perfectamente que no te amé, sino que amé la lectura que hice de ti en mí.

Tu cuerpo es gran texto, y yo soy un lector sin método.

subrayé tus gestos, interpreté tus pausas, imaginé significados donde solo había respiración.

Leerte fue descubrir que el alma también tiene erratas,

y que el amor no se traduce, cuando se escribe en letra cursiva.

Hay en mí uno que aún te busca, otro que lo observa,

y otro que en silencio anota el fracaso de ambos.

Entre los tres formamos un coro de sombras que repite tu nombre

como si fuera una pregunta sin respuesta.

He llegado a sospechar que el verdadero amor es un espejismo.

Y que cuanto más lo pensamos, menos real se vuelve.

El verbo amar me resulta impreciso desde que lo pronuncié contigo.

Quizás amar sea solo un modo de recordar con el cuerpo,

o de engañar al alma con la ilusión de que no está sola.

A veces siento que te inventé para justificar mi tristeza.

O peor aún: que tú me soñaste para poder desaparecer con una excusa.

Nuestra historia, si es puede llamarse historia a este terremoto de emociones y sonrisas,

se ha vuelto un monólogo sin oyente,

una voz que insiste en pronunciarse aunque ya no tenga a quién dirigirse.

Hablar de ti es seguir escribiendo sobre mí,

y escribir sobre mí es confesar que ya no sé quién habla.

Tal vez eso sea el amor, 

la imposibilidad de saber quién de los dos sigue existiendo en el recuerdo del otro.

Quizás el alma no pierde lo que ama ya que lo absorbe… mientras descubro que no te he perdido porque me has escrito.

Cada año que pasa

Cada año que pasa no es más que un año que se pierde. 

No lo guardo, no lo vivo: simplemente sucede. 

El tiempo no avanza hacia ningún lugar y se disuelve. 

Los días caen en un pozo sin memoria, 

y lo que llamamos vida no es más que un rumor entre dos silencios.

Las casas se llenan de cosas inútiles, 

como si la acumulación pudiera engañar al vacío. 

Todo lo que poseemos será de otros, o de nadie. 

Todo lo que amamos será olvidado. 

Ni la gloria, ni el lujo, ni siquiera la ternura dejan huella más allá de nosotros mismos. 

Somos polvo consciente de ser polvo.

Y sin embargo…

(Porque siempre hay un sin embargo) 

…queda lo mínimo. El ahora.

La hierba fría entre los dedos, 

que no significa nada y por eso lo significa todo.

La risa involuntaria que nos arranca la caída, 

como si el cuerpo recordara lo que la mente se niega a aceptar.

Una sonrisa que dura lo que dura el gesto, y después ya no existe.

Eso es todo. Y quizá sea demasiado pretender que baste.

Hoy cumplí cuarenta años, y lo único que sé decir es lo que nunca supe: vive. 

No porque haya un sentido, sino porque no lo hay. 

No porque el futuro prometa algo, sino porque ya está perdido. 

Vive este día como si fuera el único, porque lo es.

Y si algo permanece, será apenas la claridad breve del instante antes de que se apague.