Soñé con tu mirada que sabía detener el tiempo,
con esa sonrisa de oro que parecía entender los secretos del universo.
Tus abrazos eran constelaciones que se formaban sin previo aviso,
y el amor se disfrazaba de lecturas nocturnas,
de párrafos que ardían lento,
como si las palabras fueran lámparas encendidas sobre la piel.
Soñé que era feliz contigo,
que contra toda estadística divina había encontrado el amor de mi vida:
una claridad improbable en medio de este corredor de sombras que llamo existencia.
Caminábamos en una senda de luz, y cada paso era un eco de eternidad.
Pero desperté.
Y mi cama era una galaxia vacía,
un abismo sin gravedad.
Busqué tu rastro entre los sueños,
pero sólo hallé figuras rotas,
reflejos que lloraban con la voz de la ausencia.
El amanecer se volvió un insulto,
una continuación sin propósito.
¿de qué sirve el universo si nadie lo observa?,
¿de qué sirve la belleza si tus ojos no la bendicen?
El mundo, sin testigo, se desmorona en sí mismo.
La materia no es la misma en tu ausencia,
Sin nuestra mirada, se disuelve como niebla.
Si me preguntaran con quién quisiera estar ahora,
diría tu nombre, aunque no estés,
porque todo lo demás es mentira,
una representación pobre del deseo que te inventa.
He intentado aceptar la realidad,
pero la realidad sin ti es una frontera sin país.
Entonces decidí destruirla:
quebrar sus formas, incendiar sus horas.
Pero hasta eso me cuesta.
Porque lo único que necesito, no lo tengo.
Todos mis poemas llevan tu sombra como firma.
Porque al final, toda poesía se resume en tres incendios,
el amor, el desamor y la existencia.
Y los tres me queman en tu nombre.