Raíces

Hoy es un día para hacerse grandes preguntas:
¿de qué están hechos los días?,
¿es la vida del color de tu sombra?,
¿o cómo se cultivan los amigos eternos?

Todo comienza por una siembra
paciente y cuidadosa.
Un amor que no se confunde
en los gestos
ni en las pasiones rápidas.
Que necesitó tierra fértil,
agua justa
y una cerca
contra las malas hierbas
y los animales nocturnos.

Como un pequeño brote,
frágil
y torcido,
como las plantas que parecen
condenadas
a no resistir
la primera tormenta.

Hoy ya es un árbol
de raíces profundas.
De esos que ofrecen sombra
en los días soleados
y se alzan en las noches
de forma silenciosa y firme.
Hoy, en su interior,
guarda como joyas valiosas
la memoria
de los inviernos pasados.

Un árbol que cuidaste
sin prisas ni exigencias.
Que rodeaste de silencio,
le diste sombra
cuando el sol quemaba
y lo dejaste respirar
cuando la tierra pedía descanso.

Y de esa maravillosa siembra,
de la que tan afortunado
me siento,
nació algo más
que una amistad rara y única:
nació un alimento.

De ella, gracias a ti,
bebí la dulzura
de amar sin tener,
de abrazar sin miedo,
de dejar madurar
con el compás secreto
de las estaciones.

Una amistad que,
como el campo,
no pertenece solo
a quien la cuida.
Pertenece al tiempo,
al sol,
a la lluvia,
a todo lo que no controlamos.

Nosotros apenas
acompañamos su misterio.
Y es por esto
que cuando recojo su fruto
me siento agradecido,
no solo por tener tu amistad,
sino por haber sido parte
de esta siembra
que nos trasciende.

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