Cartografía del naufragio

El blanco púrpura de las magnolias
se llena de los primeros respiros de la primavera.
Todo parece nacer nuevamente:
el camino se vuelve más claro
y la muerte, un poco más cercana.

Si es cierto aquello que dicen,
que la vida no es más que un ensayo para la muerte,
entonces cada risa es un eco
en los pasillos del destino
y cada lágrima, una ofrenda al tiempo.

Un día como este,
indiferente para la mayoría,
transcurrirá sin mayores percances.
Beberán su café matutino
con la mirada fija en las pantallas,
absortos en el brillo artificial del mundo,
mientras el sonido de una campanilla
resuena como un eco lejano,
imperceptible en su letargo.

Y salivarán placenteramente,
como si cada sorbo fuera
un tributo silencioso
a las fuerzas que los consumen.

Solo me duele mi propio dolor
y apenas logro vislumbrar
pequeñas ondas dejadas
por las grandes tormentas de sufrimiento
que han nacido de él.

Sé, por una extraña alquimia
de conocimiento e intuición,
que la vida pesa sobre la mayoría
con una dureza implacable,
que el mundo es un tapiz
tejido con hilos de belleza
y de aflicción por igual.
Y quizás por eso
siento el deber
de trazar un rumbo entre los dos.

La búsqueda de sentido
tal vez sea la búsqueda más extensa del hombre.
Y si bien no encontrarlo
es nuestro más grande regalo,
yo siento, en mi ahogada ignorancia,
que una vida en servicio de los demás
siempre será una vida bien vivida.

Es difícil enseñar a navegar
cuando uno ha nacido
con el destino de un náufrago.
Es como tratar de cartografiar
un océano infinito
donde la tierra es una quimera
de sueños y esperanzas
deshechos por el tiempo,
mientras las estrellas,
legados de mentes antiguas,
titilan como guías contradictorias,
ofreciendo mil rutas
y ninguna certeza.

Y cuando creemos llegar a tierra firme,
solo nos encontramos
a la orilla del crepúsculo final.

Porque el fin
no es el fin en sí mismo,
sino cómo se navega
durante las tormentas
y los días soleados;
cómo dejamos correr las lágrimas
desde nuestro rostro
hasta el agua que nos rodea,
sentados en nuestra barca,
respirando el aire salado
y caliente del sol de la tarde.

Querida amiga,
te invito a abrir los ojos
y mirar a tu lado.
Verás que no estás sola.
Verás que en este océano
de amarguras y promesas eternas
naufragamos todos:
cada uno en su barca,
pero destinados
al mismo abismo.

Sonríe al sol
y abre tus brazos.
Disfruta del día
y grítale al mundo
que estás viva.
No porque la sangre circule por tus venas
y tu corazón palpite.
Estás viva porque, como Perséfone,
emerges del inframundo,
despiertas con los rayos de conciencia
que rompen la penumbra de tu letargo
y el sueño que te arrastraba
por el río Leteo.

Empiezas a recordar quién eres.
Con cada respiro,
la luz florece como un recuerdo,
como la primavera que vuelve
tras el invierno de Hades.

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