En aquel bosque oscuro

En aquel bosque oscuro donde hechizan las palabras,

donde la realidad se vuelve una mirada infortuna

ante la perdición de tu sedienta y audaz mirada.

Allí donde somos la raíz de todo,

el lado necesario pero inconsciente

de aquel mundo inalcanzable,

la razón del cosmos en tus ojos.

En ese lugar yo no te encanto,

nos encantamos juntos en un conjuro

en el que somos los magos

y los encantados al mismo tiempo.

Es la alteración de la razón pura

y el conocimiento de la nada

que no te lleva a ningún lado;

te corrompe entre palabras, versos

y manos atadas alrededor de materia oscura,

para por fin decirte que tu corazón palpita

a un ritmo que enloquece más

que cualquier vertido fabricado

por la tierra o por el hombre.

¿Escritor?

¿De caricias divinas,

pechos de durazno con olor a pasión

y arrítmicos latidos?

No.

En mí reinan tragedias

en las cuales las paredes se comprimen

hasta solo dejar el rastro

de lo que alguna vez fue un universo,

para luego reducirse al vacío

de la mirada unánime del destino,

en la cual los pronombres se convierten

en algo meramente material e incontrolable.

Para mí, un conjunto de veintisiete letras

que logran más de ochenta mil palabras

y un infinito de posibilidades

y razones exponenciales

es demasiado poco.

Porque el todo es el límite de la mente

hacia algo mucho más allá del infinito,

y esa es una cantidad que no se determina

a través del tiempo, palabras

o un “te extraño” a distancia,

compuesto solo por ilusiones,

compases y esperanzas.

Se trata de aquí y ahora,

mientras mis dedos son la sangre

que derrama mi historia

y tus ojos son el reflejo de un espejismo

que cada día carece más de sentido

y nos lleva al abismo inminente del olvido.

Los colores que tan solo ayer

emitían notas de euforia,

hoy son solo el espejo

de mi cara demacrada frente al espejo.

Me dejo llevar por el sonido de las teclas,

que para mí, ahora,

tiene más sentido

que toda la masa

que llamamos humanidad junta.

Solo hasta ahora logro realizar

que te he extrañado demasiado tiempo,

pero igualmente me pregunto:

¿cómo se puede extrañar algo

que no existe más allá

de la imaginación de un niño precoz

que se niega a aceptar la realidad

y la posición que debe ocupar frente a ella?

¿Cómo se puede extrañar el olor

de algo que no conoces?

¿Cómo es posible que me sienta solo,

medio, falto de ti,

si al tratar de proyectarte o imaginarte

solo logro recrear fragmentos agradables

de mi existencia,

en los cuales consideré

que la belleza era posible sentirla

con mis ojos

o cualquier otro de mis órganos

en proceso de descomposición?

¡Hey, tú!

Aquel que habita dentro de mí,

escúchame,

lee atentamente estas palabras,

porque eres el único

para el que realmente escribo.

Llevo buscándote años afuera,

en la sonrisa de chicas bellas,

en piernas duras

que dan pasos firmes hacia la nada,

aunque, a decir verdad,

más que nada necesito tu respuesta.

Y no porque ella me pueda decir concretamente

quién soy

o qué es lo que quiero,

sino porque, escuchándote,

puedo seguirte

hasta por fin llegar a ti

y que podamos conversar juntos.

Yo podría creer

que juntos podemos llegar bastante lejos,

aunque a veces supongo

que tú, desde siempre,

estás donde perteneces

y donde yo quisiera llegar algún día.

Sé que no hoy, ni mañana,

y tal vez no nos veamos pronto,

pero te pido encarecidamente:

susúrrame al oído

alguna palabra de aliento

en la cual sienta que estás ahí

y que, en algunos momentos,

me acompañas.

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